el hombre es un ser de creencias de necesidad de creer
personalmente, creo en los dos tipos de la izquierda, en el devorador de diccionarios y en dagkrash
bueno, no les creo yo, sino mi personalidad virtual
porque hay dos personas o más en cada uno
si no, que le pregunten a pessoa que "sabía mucho. Sabía tanto que tuvo que inventarse a otras personas para que dijesen todo lo que él sabía"
o sea, que somos muchos, al cabo del día hemos sido padre, hijo, hermano, amigo, opuesto, nos han hecho una confidencia, hemos guardado un secreto otro día más, hemos fingido hablar con quien no escuchábamos, hemos ido donde no queríamos, nos hemos mentido a nosotros mismos, hemos tarareado esa canción que no es nuestra, hemos vuelto donde no teníamos que volver, hemos dado besos, manos, abrazos, y tantos de ellos falsos, hemos mentido, hemos sido y des-sido porque cada uno es múltiple aunque no quiera. Así que el cuento ajeno de hoy tenía que ser de Borges. Somos seres de creencias, y en Borges no queda más remedio que creer.
Borges y yo Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.