laMentira
la mentira les tengo atados archivoscorreo

03/12/01

cuéntame todas las noches

Clea, la dona que mor entre diccionaris m´ha dit que potser ens sorprendrien si preguntarem quants bitacoristes tenen gat...*
ahora su gato ¿gata? adorna mi fondo de escritorio, y la otra noche mi propia gata se le quedó mirando

y me he vuelto acordar de Fuensanta y de ese gato/bebé. Así que el texto ajeno de hoy es suyo
es un poco largo, pero...


Cuéntame todas la noches

Un edificio ubicado en un callejón. Un piso alquilado en ese edificio. Una casa atípica por vieja y destartalada, una terraza enorme que diera a la amplitud del cielo.

Siempre recordaré el mullir de sus pasos sobre el suelo de parqué maltratado. Al poco tiempo de alquilar el piso me percaté de que era el único inquilino en todo el edificio. Quizá debí de haberme alejado cuando por vez primera subí la escalera con la sensación de ser observada, antes de que fuera demasiado tarde. No tardé mucho en escucharlo, siempre en mitad de la noche, siempre una vez acostada, en el piso superior. Un fantasma condenado a vagar, a moverse, a evitarse el insomnio a costa de impedirme el sueño. Un día tras otro, una noche tras otra. La primera vez, de súbito lo supe, estaba ahí, intuía tan cercana su presencia... Contuve la respiración, con los ojos fijos en el techo del dormitorio... No, nada, todo era silencio, ya no se oía el errar de sus pasos. Y, sin embargo, lo notaba, percibía su aliento en mi piel, oliéndome, mojándome con la neblina de su vaho.

Tuve que levantarme, preferí avanzar a través de la oscuridad del pasillo a tientas, pegando la espalda a los muros, del miedo. Cogí la llave y giré hasta tres veces, la puerta se entornó primero y acabó pegando su hoja a la pared. En mitad de la noche el movimiento sigiloso de un gato negro, o pardo, que se paseaba por la baranda de la terraza. No me miró, tan sólo maullaba. Cerré la puerta y la sensación cesó, ya tranquila eché los cerrojos. Al poco, los ruidos en el piso superior se reanudaron junto a una especie de llanto, que yo en mi desconocimiento atribuiría a algún un bebé de la vecindad. Después hubo muchas noches más de llanto de un hijo que no era mío. Hubo insomnio y desesperación, hubo vueltas en la cama, hubo noches con Luna, aunque no serían las peores... Las noches oscuras me hacían, sin duda, perder la calma. Entonces sudaba, sudaba la ropa y las sábanas, y no hacía calor ni yo pensaba que aquel sudor fuese producido por mi organismo. No, no olía a mí. Yo no podía sino secarlo con paciencia cubriéndome con las mantas, levantándome y sentándome en la cocina hasta que Venus anunciaba el día. Una de aquellas noches sin Luna, el ambiente se hizo irrespirable, tanto que me ahogaba dentro de las mantas, de modo que hube de tirarlas al suelo. La extraña sudación que desprendía mi piel se hizo dulce, olía y sabía bien, pero me asfixiaba.

El lloro se escuchaba allá fuera, aunque esta vez más próximo e intenso. Más dulce. Parecían lamentos de animal indefenso pidiendo tan sólo descanso. Entonces lo supe todo, mientras intuía una vez más aquella presencia densa en mi terraza. Me levanté percibiéndolo, adivinándolo, abriendo la puerta de nuevo para hallar una sombra negra, o parda, de hombre recortada al fondo. ¿Qué quieres de mí?, grité a la oscuridad. Sollozos rotos y un andar elástico por toda respuesta. ¿Tienes sed? ¿Quieres leche? El hombre revestido de sombra por la negritud de la noche se había acercado y me ofrecía la tierna lealtad de sus ojos. Gatito. ¿Quieres leche?, le dije. ¿Necesitas una madre?, susurré alargando la mano para acariarle la nuca. Miau. Gatito. Miau. Ven con mamá. Y extendí los brazos estrechándolo contra mí para ser su madre, para evitarle el llanto.


Fuensanta Serrano


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