[...] Respiraba con dificultad. El pecho le subía y bajaba rítmicamente, y podía notarlo por primera vez enorme cubierto con las manos de un hombre, el sexo le latía como una herida abierta; dejó escapar un gemido que le sonó lejano y ajeno a su voz. Miguel apartó asustado las manos, “¿te he hecho daño?”; ella sintió una oleada de calor en la cara, que ya no era de rubor; sonrió levemente, “qué va”. En su cabeza se agolpaban todas aquellas sensaciones tan nuevas; continuaba con la sonrisa en los labios apretados, y la cabeza baja y los ojos entrecerrados; de repente se serenó y levantó la mirada. Clavó los ojos en Miguel, que a su vez evitaba los suyos.
Lentamente se desabrochó la camisa botón a botón, dejándola caer al suelo; se quitó después el sostén, descubriendo dos senos pequeños y redondos a medio formar, armados con dos pezones morados como lilas que apuntaban al cielo. “Ven”, susurró, “acércate”; le cogió la mano derecha y la giró hasta el centro del pecho, obligándole a extender la palma como una estrella en la depresión de sus pechos.
– Mírame Miguel, que soy de verdad, que soy cierta. Tócame Miguel.
Sin soltarle la muñeca, le hizo girar la mano alrededor de un pecho, trazando círculos muy despacito, haciéndose rozar apenas la piel, erizándole el vello y aumentando las palpitaciones de ese corazón que le había nacido entre las piernas; luego la llevó al otro, mansamente y sin apartar un momento los ojos de él, que miraba aquel milagro doble como quien acaba de ver descender una virgen [...]