los cimientos de la babilonia cayó y fue reconstruida innumerables veces
la sal que los romanos derramaron sobre el perímetro de la ciudad de karthago para que su suelo se volviera estéril
bizancio la torre de babel y la soberbia de sus constructores
la alegría del emperador amarillo al ver hordas y hordas estrellándose con su muralla César en la mañana de farsalia El oro que ayudó a levantar torres, y el oro que después las derrumbó
las mezquitas de afganistán
no importan los esfuerzos que se hagan, siempre hay alguien al pie de la ruina para levantar nuevamente, alevosamente o por simple y pura desesperación, todo lo que ha caído
hay de sociedades que miden su valor por los edificios que, a escala divina pueden levantar. Y hay de las que se miden en cuánto pueden echar abajo pero siempre hay alguien al pie de las ruinas. La imagen es del balsero, que fue amigo personal de bioy, y que volaba cometas con gengis jhan en las frías estepas
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo