la confusión como castigo. Ni las penas del infierno, ni el dolor, ni el fuego eterno, ni el rechinar de dientes que nos había prometido San Agustín. Nada de torturas sangrientas y dolorosas, donde las agonías se prolongarían ad aeternum, nada de recomposiciones de la carne quemada para que volviese a poder ser quemada y cauterizada de nuevo... el castigo, dijo dios, será la confusión. Condenados a no entendernos.
Y desde entonces, hasta ahora. Aunque hablemos el mismo idioma, condenados a no entendernos.