Disculpen el laconismo reinante en la página estos días, y sobre todo la carencia de textos ajenos (ya sé que los propios no los leen). Hoy restitutimos esa deuda, no pregunten por qué, con Celaya, y nos reafirmamos en la convicción de que sus versos deberían estar pintados en todas las paredes del mundo.
Sí, ya sé que solemos comentar más los textos ajenos, o vincularlos más a la realidad para que tengan así mayor apariencia de mentira, pero no saben cómo de mala consejera es la prisa.
Debo ser algo tonto
porque a veces me ocurre que me pongo a hablar solo, y digo cosas locas,
digo nombres bonitos de muchachas y barcos
o títulos de libros que nadie ha escrito nunca.
Debo ser algo tonto.
Babeo, grito y lloro.
Los verbos absolutos me llenan de ternura
y esas vocales sueltas, inútiles, redondas,
que vuelan para nada,
me elevan boquiabierto hacia no sé qué gozos.
Soy feliz, y por eso, también un poco tonto
Gabriel Celaya, (Tranquilamente hablando, 1947)
títulos alternativos a la nota: (con todo mi cariño y un poquito de mala leche para D. Pedro Menudo)hablando solo en el Jardín o nombres de muchachas y barcos