En el cuarto día creó Dios a las aves todas, y les concedió infinitos cielos para que camparan a sus anchas por ellos. Repartió alas y picos de naturalezas dispares: Martines Pescadores, Gaviotas, Pelícanos y Golondrinas compartieron los dominios del viento con cierta armonía y con las diferencias naturales que tan variado catálogo volátil presenta. Fue Dios algo cruel en el reparto, y aunque no negó (las) alas a ninguna de las aves, las hay que no pueden volar, y nunca veremos un Emú o un Pingüino surcando el cielo. Se le escapó también a Dios algún pico de más, y cayó sobre anfibios como el Ornitorrinco. Pero más allá de estos despistes, perdonables por ser quien es el que los comete, quedó satisfecho Dios de su obra porque consiguió que las aves –especialmente las más pequeñas de entre ellas, como Canarios, Petirrojos o Estorninos- imitasen con bastante exactitud el hablar de los ángeles, y se regocijaba en oírlas repetir sus conversaciones. Se decidió que ningún color faltase en ellas, y puesto de cada especie un ejemplar cada uno junto a otro, los millones de tonos de la escala cromática estaban representados.
Así, vista la disparidad de los hablares angélicos, y lo diferente de sus costumbres, se sirvieron los ángeles de las aves para la comunicación entre ellos. Los de las profundidades del mar prefirieron Gaviotas y Cormoranes para los mensajes con otro tipo de ángeles, acortando sus patas y alargando sus alas; para comunicarse entre sí, escogieron al Albatros de majestuosas alas pese a lo horrible de su canto. Los ángeles africanos de pieles doradas eligieron aves pequeñas y de plumaje poco denso, que se agruparon y recibieron el común nombre de Verano. El Ubú y el Flamenco tampoco fueron desdeñados, y las aves minúsculas les sirvieron para comunicarse con otras bestias superiores. Los ángeles en tierra o ángeles sin alas gozaron del favor de Cóndores, Águilas y Cigüeñas, pues era tan bronco y desagradable su lenguaje, que sólo este tipo de pájaros podía imitarlo.
Y así, hasta completar el catálogo angélico, que de tan numeroso y amplio obligó a las aves a su multiplicación sin fin, y ya esté el cielo raso o la tormenta descargándose, siempre hay aves transportando mensajes, y son los verdaderos y cabales habitantes de la tierra.