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01/07/02
la prosperidad
Margaret era una acumulación de nudos y callos a lo largo de su diminuto cuerpo. Decía que había nacido el mismo año que el hospital colonial donde la atendí. Lunes - Hora de la pastilla, Margaret - No la necesito, querida. Ya la he tomado. - No puede ser ¿quién se la ha dado? - El hombre invisible. Así que ya te puedes ir por donde has venido. An invisible man, me había dicho. Veía hadas y seres que la rodeaban. Había enterrado a su familia entera y muchas veces me pregunté qué era lo que le motivaba a mantenerse viva. - Pues quisiera hablar con ese Hombre Invisible, porque estoy segura de que la pastilla que te ha dado no es la misma que te traigo yo. - Me váis a matar entre todos. Ya tomé mi pastilla, así que hasta mañana no pienso tomar ninguna más ¿te crees que no me doy cuenta de todo lo que pasa a mi alrededor? - Lo único que le digo es que ese Hombre Invisible le ha dado una pastilla distinta, y hasta que no se tome esta, no puedo ir a atender a los demás pacientes. - Trae aquí hija, eres tan buena... Y me pasó la mano encallecida por la cara. Miércoles - Soy un ángel. No tengo edad, cariño. - No dudo que lo sea, Margaret, pero incluso los ángeles tienen que tomar su medicación. Además, hoy hablé con el hombre invisible, y me dijo que no podía venir a darle su pastilla, así que se la traigo yo. - ¡Oh! pobrecito... no estará enfermo, ¿verdad? - ...ha salido de viaje. No sabe cuándo volverá. - Trae aquí, hija, eres tan buena. Viernes - ¿No viene nunca nadie a verla, Margaret? - Todos los míos están muertos. Alguna vez pienso que debería ir a verlos al panteón, total, sólo está a 45 millas de aquí. - ¿La enterrarán a usted allí? - No, hija. A mí no me reservaron sitio porque sabían que no me iba a morir. - ¿Que no se va a morir? - La muerte se ha cansado de esperarme hija. Yo he sido más tozuda. Así que hoy, nada de pastillas. No hacen más que fatigarme más. Estoy tan cansada... Y me pasó la mano encallecida por la cara. La cambiaron de hospital, se fue a uno público, y estoy segura de que allí sigue contando historias de cuando fue hada, y de cómo se convirtió en humana para casarse con un granjero de bigotes retorcidos, y de aquella vez que le hizo crecer alas a su perro para que llegase a tiempo de anunciar un incendio, o de sus paseos por el Olimpo griego, y de cómo las diosas no eran como en las litografías, sino mucho más rubias. [...] Dos cuervos en alegre conversación Mírame. Tú que pareces ver tan lejos, mírame. Me aterra la facilidad con que te muestras. |
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