Escribir puede ser un acto de amor o de odio, pero en cualquier caso siempre es un camino.
Para escribir hay que caer hacia dentro y nunca mirar hacia abajo, como cuando se está en una cornisa o en la cuerda floja.
Uno nunca sabe quién aguarda pacientemente al final de la palabra, pero al dar el primer paso se tiene sed de su rostro.
Si mal no recuerdo, fue Toni Morrison quien dijo que al principio de la aventura uno tiene que pensar en ese escritor o escritora que sembró el primitivo deseo de contar y pedirle permiso para tomar un camino diferente. Para escribir algo diferente.
Esto es especialmente importante si el escritor fue ciego y recorrió laberintos.
Una cometa para Michael y Christopher
Durante toda esa tarde de domingo voló una cometa por encima del día,
cuero bien estirado, puñado de paja al aire.
Al hacerlo, lo sentí gris y resbaloso,
la probé cuando, ya seca, se puso blanca y dura,
amarré los lazos de periódico
a lo largo de su cola de dos metros.
Pero ahora estaba lejos, como una pequeña alondra,
y tiraba como si la cuerda pandeada fuera
una red con que alguien intentara
pescar todo un cardumen.
Un amigo mío dice que el alma humana
pesa casi lo mismo que una perdiz; pero el alma anclada ahí,
la cuerda que se alfoja y luego asciende,
pesa lo que una zanja clavada en los cielos.
Antes de que la cometa se hunda en el bosque
y esta cuerda se mueva inútil, muchachos,
sentid en ambas manos el tirón de tristeza
que corta su raíz, su larga cola.
Nacísteis preparados.
Poneos frente a mí, haced el esfuerzo.