A veces olvido de que no puedes escucharme, de que estás lejos (aún no ha llegado la romanización donde vives, la calzada se detiene en el Cebreiro, y aún os regís con asambleas de Cuervos, el mensajero de los dioses); entonces digo cosas como "acércame la sal", o "apaga la radio, por favor", o "te quiero más que a mi vida"; para descubrir al instante que no estás ahí al lado.
A veces olvido que no estoy ahí (la calzada romana que me lleva al Cebreiro está en obras desde que cayo el imperio, y las asambleas de ciervos que nos gobiernan a nosotros no me dejarían marchar), y me pongo una chaqueta para combatir el frío, o busco la maleta que sin duda he traído, o prepara el arroz para dos; y descubro en seguida que estoy solo como están solos los que escribimos la vida de los demás.