Alguien la dejó allí. Una motocicleta aparcada justo en mi puerta.
Hasta el cuarto día, no la vi, claro. Fue entonces que me di cuenta de que había estado todo el tiempo en la misma posición.
Cuando pasó una semana, empecé a sentir curiosidad y a imaginarme al dueño. Podía ser alguien que llegó al pueblo para tomarse unas copas, se emborrachó, le llevaron a casa y ahora no recuerda donde la dejó. Me acerco: una derbi variant trucada, con un tubo que daría envidia al Apollo XIII. No la han abandonado, porque está encadenada. Sí, seguramente es de un crío de esos que bailan bakalao y que vienen a la discoteca. Vivirá en otro pueblo y no puede venir a por ella.
La segunda semana, cada vez que entraba o salía de casa, pensaba indefectiblemente en el dueño. Un borracho amnésico. Alguien que la ha robado porque huye. Alguien nuevo en el pueblo. Alguien que ahora está muerto. No me gustaba verla ahí todos los días. El jueves de esa semana cayó una tormenta enorme, pero nadie se acordó de la motocicleta.
En la tercera semana, mi enfrentamiento con la motocicleta era abierto: cada vez que pasaba con mi hermano en coche, le decía Si la puta moto no estuviera ahí, podríamos aparcar. Todos los días, aunque no me oyese nadie, decía en voz alta Hay que ir a la policía para que se la lleven. Empecé a odiar con fruición al dueño, a desearle que al ir a cogerla no arrancase, a pensar que ese objeto se había convertido por imposición en parte de mi paisaje O a la guardia civil, pero algo habrá que hacer, no es normal.
Esta mediodía, cuando volví, ya no estaba. El dueño finalmente había venido a por la dichosa motocicleta.
Estoy empezando a echarla de menos.
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(esto, que parece mentira, no lo es)
Lo ha mentido el Mentiroso. 9.9.02