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01/09/02
es el grito de la muerte, y mi corazón se amedrenta
El sentido épico ha derivado en Tom Hanks en la playa de Normandía, o William Wallace (que, recordemos, era un tirano escocés que tuvo la fortuna de tener una muerte hermosa) enseñándole el culo (sic) a los ingleses. El sentido épico en la literatura nos embriaga por la rapidez con que llega a los intintos primeros, porque toca las zonas atávicas que se tienen adormecidas, de ahí la belleza de las kenningar, donde para decir viento, se escribe hermano del fuego, daño de los bosques o lobo de los cordajes; para decir lágrimas escriben rocío de la pena o para decir sangre, escriben sudor de la guerra, cerveza de los cuervos o agua de la espada. Puede parecer poco civilizado, pero cuando se lee la Odisea, el cielo es más azul y más amplio, el mar más ancho, la amistad es más fuerte y todos los sentimientos están sobredimensionados. También la muerte es más muerte, Cano Arma Virumque, Aquí tenéis este caballo de madera, Cerrad el cerco si queréis y nos comeremos los unos a los otros, Los que estén conmigo crucen esta línea sobre el suelo, Las naves están quemadas, Yo llevaré el mensaje del Czar, La doliente Dido se arroja al fuego, Esta tierra llora cuando se acuerda de nosotros, Dahlman empuña un cuchillo que acaso no sabe manejar, César en la mañana de Farsalia. También hay épica en las pequeñas cosas. También hay épica en las miserias. El ajeno de hoy es un pequeño cuento cargado de ésta, donde se narra la primera vez que Carlomagno sintió el Miedo. Con su ejército invencible, acompañado por Roland el Fuerte y el arzobispo Turpin, llega a Roncesvalles. Allí, el ejército que nunca había sido derrotado huyó ante los vascones, un pueblo mal armado y notablemente inferior en número. A partir de ahí comenzó el declive del Imperio de los Francos. ...¿te acuerdas de qué ocurrió después de que te contara este cuento? Orreaga (1877) Es la medianoche. El rey Carlomagno está en Espinal con todo su ejército. No hay ni luna ni estrellas en el cielo; a lo lejos brillan hogueras en los montes. Los francos cantan en el pueblo; los lobos aúllan en Altobiskar; los vascongados afilan sus hachas y sus dardos en las piedras de Ibañeta. Carlomagno, acongojado, no duerme; junto a la cama su pajecillo lee una historia de amor; un poco más lejos el fuerte Roldán limpia la famosa espada Durandarte; mientras tanto, el buen arzobispo Turpín reza a la santa madre de Dios. - Paje mío - dice Carlomagno el rey-, ¿qué rumor es ese que rompe el silencio de la noche? - Señor, son las hojas del bosque de Irati, más grande que el mar, que se mueven con el viento. - Parece el grito de la muerte y mi corazón se amedrenta. La noche está sin luna y sin estrellas; brillan hogueras en medio de los montes; los francos duermen en Espinal; los lobos aúllan en Altobiskar; los vascongados afilan sus hachas y su dardos en las peñas de Ibañeta. - ¿Qué ruido es ese? - pregunta de nuevo Carlomagno; y el paje, ya dormido, no le contesta. - Señor - dice Roldán el fuerte-, es El Torrente de la Montaña, es el balido de los rebaños de Andesaro. - Parece un gemido -dice el rey franco. - Así es, señor -le responde Roldán-; esta tierra llora cuando se acuerda de nosotros. Carlomagno, inquieto, no duerme; la tierra y los cielos están sin luz; los lobos aúllan en Altobiskar; las hachas y los dardos de los vascongados brillan entre los robles de Ibañeta. - ¡Ah! -suspira Carlomagno-, no puedo dormir, y la fiebre me quema ¿Qué ruido es ése? - y Roldán, dormido, no le contestó. - Señor -dice el buen Turpin-, rezad, rezad conmigo. Ese estruendo es el canto de guerra de los vascongados, y hoy es el último día de nuestra gloria. El sol brilla en la montaña; Carlomagno vencido huye "con su capa dorada y su birrete de plumas negras". Los niños y las mujeres bailan en Ibañeta, y hasta el cielo sube el irrinzi de los montañeses. Basajaun, el señor del bosque, compilado por Seve Calleja. Ed Gaviota. |
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