Eran una pareja de ancianos, alrededor de los ochenta, cruzando el parque frente al ambulatorio; ella estaba encorvada por los años y era más menuda que él, pero le llevaba firmemente del brazo. A él le temblaba escandalosamente la mano que ella le cogía, seguramente del mal de Parkinson. Caminaban muy juntos, y eran tiernos, susurrándose cosas a medida que se les acababa el parque.
Al rato ha pasado otra pareja de la misma edad. Iban cogidos del talle, del brazo o de la mano, no recuerdo; él a la izquierda y ella a la derecha. Él apoyando su brazo derecho en una muleta y ella apoyando su brazo izquierdo en otra. Como un sólo cuerpo. Eran tiernos hasta en a torpeza de ayudarse a tomar asiento en un banco.
Cuando veo parejas de ancianos pienso inevitablemente en lo que tenemos tú y yo.