Qué quieren, en la mentira siempre hemos preferido las formas quasiobsoletas de comunicación, que incluyen palomas mensajeras, señales de humos, telégrafo, telegramas, notitas dejadas sin ser vistos en el bolsillo del destinatario, guiños de ojo, pequeños y reveladores gestos con las manos y, sobre todo, el correo (con perdón) ordinario. Cualquier cosa más íntima que el correo electrónico.
Por eso es grande nuestra sorpresa y contento al ver que en un sólo día han aterrizado de golpe tres cartas ordinarias (v.id.), consecutivamente desde Wigan, Tánger y Murcia. Mirando los matasellos, comprobamos con estupor que la carta más rápida ha sido la de Wigan (condado de Bamfurlong, o eso he creído entender). "El e-mail está muy bien porque ha devuelto el arte epistolar", "Podemos estar en contacto con cualquiera"
Demagogia pura o ignorancia profunda. La carta escrita es intimidad, y evoca otro tipo de inmediatez,física, con el remitente. El correo electrónico suele ser escueto. El correo electrónico no huele a nada, no tiene trazos personales, no tiene tachones, y no te pueden mandar pequeños milagros en él. Y sin él, no les habría podido poner el ajeno de hoy (sí, textos ajenos tanto tiempo después), aunque produzca cierto estupor leer el correo ajeno:
Dulce María Loynaz escribe a Juan Ramón Jiménez
No sé qué nombre darle y no le doy ninguno: ¿qué es un nombre? Y es preciso que le escriba ya que se hace Ud. tan inaccesible como yo.
Recibí esta tarde la visita de su esposa, la más suave, la más comprensiva de las esposas; le pregunté que cuántos poemas nuestros había Ud. seleccionado y me dijo que todos.
Me siento ligeramente asustada, ya Ud. comprenderá... Yo había mandado tantos versos para que Ud. seleccionara, para facilitarle una selección. ¿Cómo no los vio Ud. así?
Ya casi no me atrevo a sugerir nada sobre los versos míos que según se ve, valen algunas páginas de buena Antología pero no una breve, leve lírica lectura de un solo poema suyo... -¡qué digo!- ni siquiera de una breve, leve hora única en su compañía...
Debo estar muy agradecida a Ud. de todos modos, y lo estoy... No tiene Ud. la culpa de que yo en esto -como en todo- haya hecho malos cálculos.
Y se me olvidaba ya... En uno de mis poemas, "Conjuro", creo que está escrito "hacha herrada" y no es así sino "hacha afilada". Nada más. Su recado lo traspasaré a Enrique lo más pronto posible. Me despido de Ud. deseándole lo que Ud. más desee; estoy muy contenta de saber que el clima de mi país ha sido bueno para Ud.
Dulce María
P.D. El vaso en que Ud. bebió la naranjada, no se lo he dado a beber a nadie más. Tiene un letrero que dice: El día 22 de diciembre de 1936 bebió aquí Juan Ramón Jiménez.
Otro de Flor, el de los pareados alejandrinos, me parece que también ha ido con el final equivocado; cuando la vea le pediré que me diga cómo es, para hacerlo saber a Ud.