La herida del Prestige sigue arrojando miseria. Ya no es solamente el fuel que impregna la arena y los acantilados, el carburante pobre que vuelve inhabitables cientos de kilómetros de costa, que se deposita en los fondos y avanza ciego por la superfie, sino el más visible, el más palpable, el que nos negamos a ver, porque reparar en él significa comprometer nuestra relación con los que nos rodean, poner en peligro una convivencia ya viciada, que lucha desde el fondo de los siglos por agortar unas energías destructivas que acompañan la inercia de nuestros modelos cívicos, que se asientan en nuestro interior, descreídos de que haya un futuro para todos, en lugar de un presente fragmentado, roto en porciones individuales, que no queremos compartir.