Paso el dedo pulgar por encima del arco de la ceja, muy despacio, dibujando el contorno; cuando llego al final extiendo el resto de la mano para apoyar la palma contra la frente, y apoyando el monte de venus la giro para tapar con los dedos el otro ojo. Es este un momento delicado, pues no se puede eliminar abruptamente el contacto ni hay que presionar demasiado, pero con un poco de habilidad se consiguen girar los dedos sobre sí mismos para dar la vuelta a la mano y acariciar con los nudillos el pómulo; entonces se arrastran suavemente hasta lograr el estremecimiento del resto de la piel justo cuando llegan al nacimiento de la barbilla, y sin brusquedad se recorre su contorno hasta la papada, donde descansa la mano al abrirse y girar nuevamente para abarcar el nacimiento del cuello. Se presiona ligeramente la base de la mandíbula para sentir la piel del otro y para que el otro sienta nuestra presión sobre ella y para que las pieles en ese momento sean la misma, y es entonces cuando se ha completado la mitad de una cara, pero queda lo más delicado, que es subir pulgada a pulgada, con la mano bien pegada y bien a ras de piel, con los ojos que hemos cerrado previamente y la palma despacio sobre la boca, alientopiel, la barbilla sostenida y arrastrada, el meñique que se cuela en la boca entreabierta y recorre los labios, roza la punta de la lengua, es ya el único contacto con la piel del otro que es la nuestra, llega hasta las comisuras, las explora bien, el envés de la mano sube por el puente de la nariz, los ojos se entreabren, la palma descansa ya sobre la mejilla que nos pertenece, hemos dibujado una cara.