Las aves, las torres, el agua, la flauta (cuento para P.)
Un rey del norte forjó monedas de hierro. En el anverso grabó la forma de la torre de su castillo, que era octogonal en la base como el relieve de la moneda, y lisa y redonda en su parte más alta. Bajo la torre estaban grabadas tres ondas, en representación de que su reino era una isla y ninguno lo podía conquistar ni derribar la torre octogonal. En el otro lado de la moneda, donde debía ir su perfil, hizo grabar un ave sobre una flauta, para que todo el que traficase con ella supiera que en Islandia los poetas y cantores habían conseguido imitar y unirse a la naturaleza, de manera que la gente de Islandia estaba tan identificada con la tierra hasta el punto de formar parte de ella como lo forma el monte, el río que lo parte o las flores de los campos.
Cuando los noruegos derribaron la torre y excluyeron del comercio carnal a los islandeses, creían estar condenándolos a la endogamia y la desaparición; robaron las arpas y quemaron los poemas épicos para que no quedase memoria del pueblo de la Torre Indoblegable. Pero las monedas octogonales se habían esparcido por todo el Norte y aún por el Mediterráneo, y cuando los islandeses expulsaron al vikingo y reedificaron la torre, no quedaba ni una sola de esas monedas en toda la isla. Pero sirvieron fuera de ella para comprar reinos, pagar favores, sobornar prostitutas o financiar expediciones marítimas.
A los pocos años, víctima de los rigores del tiempo, era casi imposible encontrarlas. Pero si se tiene la fortuna de hallar al menos dos, basta con hacerlas tintinear entre sí para escuchar la melodía de aquellos poemas épicos que quemaron los bárbaros.