Una cosa no hay. Sólo una cosa no hay.
Dios no prefijó nuestros destinos, y he de decepcionarles si creen que habrá un mañana preconcebido. Quizá -sin duda- lo habrá, pero no es atisbable. Dios, que salva el metal, salva la escoria / y cifra en Su profética memoria / las lunas que serán y las que han sido; el destino común es caer en el olvido, en la corrupción del tiempo víctimas de orco el despiadado (...) ya seas rico o de ínfima ralea, sólo consigues una demora (...) Todos vamos allí..
Pero sí quedó fijado -no por mí, sino por ese vago demiurgo- mi pasado, y el tuyo y el de todos. Despídanse del libre albedrío y de las potencias del alma.
Todo tiende a caer en el polvo, pese a lo que te he estado buscando un enlace para que pases la tarde.