Algunas veces los sueños salen volando y uno cree que no los va a alcanzar nunca.
A Josefina, sin ir más lejos, se le habían ido volando unos cuantos, y harta como estaba de verlos alejarse en el horizonte, había tomado la firme determinación de no volver a tener ni un solo sueño más en toda su vida.
Antes de tomar esta decisión, cogió los últimos residuos de esperanzas que le quedaban, los escribió en un papelito color sepia e hizo una bolita con él. Bajaba por el casco antiguo, decidida a ponerse en el punto más alto del Puente de las Artes sobre el río Piil, y arrojarlo por allí, cuando vio una tienda que no estaba allí la semana anterior. En el rótulo de madera estaba pintado con letras verdes: SUEÑOS AL POR MAYOR Y DETALLE. Hijos de Puenterrojo. Se asomó muerta de curiosidad, y vio que en el techo de la tienda, la dependienta estaba colgando globos aerostáticos de todos los colores
la dependienta le explicó, al ver a Josefina parada tanto tiempo en la puerta, que escribían los sueños en el interior de aquellos globos y los dejaban ir, porque así recorrían kilómetros y kilómetros en busca de lo que uno ansiaba, ya fuese en este mundo o en el otro, y volvían a sus respectivos dueños para cumplirse.
A Josefina se le quedó la mente en blanco, y le pasaron por la cabeza imágenes de atardeceres, de un mar que no era el suyo
y de lo feliz que sería en la tranquilidad. Pero en seguida recordó cuál era su plan, y continuó su camino hacia el río, eso sí, con uno de los globos en su bolso de mimbre.
Estaba a punto de llegar, e iba sorteando los puestos del mercado de los sábados: el vendedor de baratijas, el puesto de las hortalizas, el afilador, el que vendía gallinas... todos quitando los toldos y haciendo caja, cuando reparó en uno de color naranja muy vivo que no hacía ademán de recoger.
Cuando pasó por delante, no pudo dejar de mirar el letrerito escrito a mano sobre un trozo de cartón: SUEÑOS JUGOSOS. 2 DE CADA 3 SE CUMPLEN.
Pero por más que miró, no vio más que naranjas achatadas. Preguntó a la dependienta, que era una vieja más vieja que el mundo:
- Perdone, señora: ¿a cuánto da las naranjas?
- No son naranjas, hija; son mexericas, y la primera es gratis. Cógela, pero no te la comas. Espérate a llegar a casa, pélala con cuidado y planta la piel en el jardín. Se meterá muy hondo, muy hondo bajo la tierra a buscar el deseo que pediste al comerla, y buscará en este mundo y en el otro si hiciera falta, y no florecerá árbol hasta que no se cumpla tu deseo.
Josefina volvió a quedarse en blanco, y por su cabezaq pasaron imágenes de dulce fatiga, de cansancio y sueño compartido y del sabor de la amistad.
Cogió una mexerica, y continuó su camino hacia el río. Pero cuando llegó allí, decidió darle una segunda oportunidad a sus sueños. Siguió las indicaciones de las dos dependientas y, para terminar, ideó su propia manera de cumplir sueños: entre los pétalos de una margarita colocó la bolita de papel entre los pétalos y sopló, y sopló,
y sopló, y sopló...
y volvió a casa más contenta porque, aunque no sabía si se iban a realizar sus sueños, esa mañana había cumplido uno de ellos.