Las manos y las palabras crecen, los focos ni deslumbran ni achicharran, hay ligereza en el mover de los pies sobre la madera pulida y si late el corazón uno no lo nota. Cuando comienza la maqunaria del teatro -taquilleros, cámaras, fotógrafos, actores, y sobre todo público- a ponerse en marcha, el tiempo hace un aparte en el discurrir, y adquiere ua nitidez casi pesada, y son figuras blancas y ecos de otros tiempos los que nos vienen a visitar.
Ya estoy en mis cuarteles del fin del verano, atrincherado con otros tres actores. El viernes vuelve el teatro: