A veces uno ve el cielo raso o con algunas nubes esponjosas y azules y no sabe a qué atenerse. Entonces es cuando da su fruto el haber cultivado amistades entre los marineros, o al menos conocer a uno fiable, que no tenga los sextantes trucados ni compre los mapas de contrabando. Con una miradita al cielo, entornando el ojo que queda más cerca de la tierra y abriendo mucho el que apunta hacia el éter, nos predice el tiempo. Esto es especialmente útil cuando uno vive cerca del mar, claro.
También pasa que se suceden las horas de la noche bien acompañado, pero cuando van llegando el tiempo de rendirle cuentas a la dipsomanía, uno descubre que se ha quedado solo en su borrachera y sin más acompañamiento que una figura de escayola que decora el local de donde nos quieren echar. Entonces también nos es valiosa esa amistad marina para empujar hacia el final del gaznate la penúltima cerveza con olor a aquel viento que nos empujó casi a encallar en la costa más lejana, aún te acordarás, bribón, qué mal nos lo hiciste pasar a todos: el oleaje pasándole varios palmos por encima al mayor, el velacho aquel zozobrando como si se hubiese bebido la mitad de lo que tú llevabas en el cuerpo, y tú con el timón en la diestra y en la siniestra una botella de whisky de macabra etiqueta negra y blanca.
Y también ocurre que no nos alcanzan los sentidos a veces, que de repente explota la belleza en el gesto de nuestro gato, en el estallido de una flor o los olores del puerto; en cualquier cosa encontramos desborde interior y entusiasmo primero, y necesitamos entonces más que nunca nuestra amistad marina para sosegarnos, para ponernos derechos: los dibujitos de la piel los ha hecho el salitre, las pupilas son puntiagudas de tanto apretar los párpados el agua del mar, y el ojo experto nos devuelve al mundo.
Hasta que uno no conoce un hombre como un faro, no sabe la necesidad que había tenido de él.