Estuvimos, fuera, y en el regreso nos dimos cuenta de cuánto habíamos ganado gracias al viaje. Nos movemos, nos intercambiamos, cruzamos miradas y alientos, y apenas ha pasado un momento, cuando ya estamos del otro lado.
Cierras los ojos. Abres los ojos. Cierras los ojos.
Y cuando vuelves a abrirlos ha pasado casi un mes, y parece mentira, y parece que no vas a encontrar consuelo y sólo te conforta el leve roce circular de una mano sobre el pecho,
la mano está lejos y tiembla y le duele dentro no poder tocarte, y entonces tomas la firme determinación de tomar alguna determinación en firme de una vez por todas, y extiendes papeles envuelto en sudor y nervios, y qué importa si
y qué importa si
y qué importa si todo pasa.
Queda lo que nos es propio. Envuelto en la manta, dentro del caparazón, bienadentro. Lo que aún nos hace tocarnos si hay música; tomar algo en el Krishna mientras el avión de Sue llega a Bariloche y el transportín de Maki llega donde Estrella y tenemos ese momento para por fin estar juntos y por fin mirarnos a los ojos y por fin no decirnos nada, y por fin no tener que decirnos nada.
Porque ya no quiero que empieces a echarme de menos cuando aún estoy contigo.