Cuando menos me lo espero, Miguel entra en mi cama. A veces no sé si está en la casa o ya se ha ido, y otras creo que sigue en la cama y busco un abrazo que no tiene vuelta. Ahora se ha ido. Todavía se huele un perfume de sudor en el aire, y algunos rastros, pequeñas huellas de que ha estado aquí. Yo trato de de dejarlo todo como estaba antes de que él llegara, pero es imposible: ya es parte de la casa como yo misma, los gatos o el agua condensada en la ventana cada mañana.
Me pregunto por qué le escogí a él. O por qué me escogió a mí. Ahora tenemos suficiente familiaridad como para no hacernos esas preguntas, y ya no me sorprenden sus manías ni sus objetos por la casa, es más: los necesito. De vez en cuando entra de noche cuando ya no le espero, son esas veces que viene con sed grande y el sexo es más de piel entonces; otras viene después de la cena, y en el abrazo del duermevela follamos despacito, buscando un placer duradero y suave.
Ahora que se ha ido, me ha dicho que va a echar de menos el olor y el tacto de mi piel, los besos que le doy cuando está dormido y las conversaciones de sonámbulo. Pero yo sólo sé que ahora no está, y que sólo faltan dos meses para recobrar el abrazo.