Como ya saben -o imaginan, o descubren en esta línea-, ahora tengo una ciudad nueva y un barrio nuevo y un gato nuevo que se va mañana (al gato lo voy a echar de menos una barbaridad, a la ciudad y al barrio viejo apenas los estoy añorando). Como tengo una ciudad nueva y soy, por tanto, nuevo, tengo muchas ventajas sobre los que ya estaban aquí cuando llegué. Los inconvenientes también son muchos, pero prefiero no enumerarlos.
Por ejemplo, tengo otros ojos que me vienen bien para encontrar rincones. Todos los días subo por el casco antiguo para llegar a casa, y paso muchas veces por el Convento de las monjas de la Sangre. Cuando subo, me fijo en el cartel y suelo pensar en las monjitas hace años; subiendo por otra parte, paso por la calle Marsella, que viene a ser una sucursal de las calles de la medina de Tánger, o viceversa.
Pero lo mejor, lo mejor de todo, es pasar por una de las calles en obras, junto a la pared de la que han quitado la pintada que me pediste que fotografiara, y mirar esas calles por las que pasamos. Y pienso que ese lugar es mío y tuyo, y que toda esa gente que pasa por allí, incautos, no lo saben.