De las cosas perdidas, de las cosas perdidas para siempre, nos quedan dos o tres noches de hotel sin desperdicio, una lectura en tren que nos cambió la vida, cuatro o cinco frases que aún no nos hemos dicho, repasar con el dedo el borde de las fotografías; nos quedan seis o siete lustros recorridos, queda el rencor, la furia, el hambre; quedan las vigilias en autobús, el tiempo juntos y los mordiscos por detrás y por delante. De lo perdido queda siempre el sueño; el bienestar, la tranquilidad de lo que ha pasado; el regressus sin processus, el mar en calma, la mañana de tu aniversario y ocho o nueve libros de Roberto Bolaño.