Cansado de vencer, Alonso Quijano a punto de serlo lleva sus huesos como puede sobre el caballo y el camino. Sabe que la gloria es efímera en la tiera y generosa en el cielo, y que como todos, tiene que recibir un destino y cumplirlo. A su lado va Sancho, campante y feliz pese a todo. Se inclina apenas para llegar a su oreja y decirle:
- Enséñame, Sancho, el camino a la ciudad de los atajos.