Al final, Manuel Vázquez Montalbán ha perdido su apuesta con Pepe Carvalho. Se ha muerto justo como al detective le hubiese gustado que muriese su creador: de repente, sin agonía ni sufrimiento, para permitir así la sospecha del crimen que al final no lo es; en un tiempo exento de la historia: una escala de un vuelo transcontinental, para permitir así la crónica social al resolver el caso; en un no-lugar: un aeropuerto al que no llegaban los pájaros de Bangkok; y solo: sin familia, ni amigos, ni deudos, para que no haya piras funerarias improvisadas, ni incineraciones rápidas que permitan borrar las huellas biográficas del cadáver. En la novela de Marie Shelley, Victor Frankestein también muere según el guión que hubiera escrito su monstruosa criatura: de muerte natural y antes que él.