La punta del lapiz, el olor del grafito; el tacto del papel blanco, la suavidad de los días y el polvo acumulado en los libros. Estas son las cosas en las que estoy pensando, y que traigo a una esquinita de la mesa para escribir como el que pide permiso para tomar aire.
La historia de los desquites literarios es larga y fructífera: ahí está el Infante Don Juan Manuel, los personajes del Ulises, y tantos otros casos diseminados en la obra de Cela (un auténtico maestro de este género): el desquite de guante blanco es una costumbre cultivada desde que la literatura se hace social (estoy pensando en Virgilio y en Quevedo), y sólo a base de quemar bibliotecas y castrar pueblos enteros se consigue hacer mella en -perdón por el ripio- ella.
Lo que más abunda y menos se ve son los desquites con uno mismo (y son menos aparentes porque nadie sabe que el autor es el propio ridiculizado), y ahora que preparo un artículo sobre una autora que pretendía publicar anónimamente para "protegrse" (y vender más libros, por qué no) me pregunto cuántas trampas hay escondidas en los libros que sólo leemos de pasada, incluso, en las biografías: ¿se atreven los biógrafos a incluir sucesos de su vida en las vidas de sus biografiados? Yo sí lo haría.
Lo sabían los arrasados muros de Samarkanda: sólo el fuego lava el fuego.
Lo ha mentido el Mentiroso. 18.10.04