A veces pienso en la muerte de mi padre.
Es ley que los padres se mueran y los hijos los entierren.
Mi padre es un buen hombre, bastante callado,
trabajador, honrado y sencillo.
No ha necesitado muchas preguntas para avanzar en la vida,
ha tenido tres hijos, ha sido fiel a su esposa y no ha agachado la cabeza en ningún momento. Nos ha repartido su cariño sin disimulo, aunque los tres sabemos que le cuesta a veces,
y que tenemos que intuir, porque no lo dice, qué es lo que quiere decirnos.
Mi padre ya peina canas y tiene la sonrisa más verdadera del mundo; nos ha regalado su pan y su alegría, y sólo nos ha reprochado que no fuéramos felices.
Ahora que es abuelo, es el mejor abuelo del mundo. Juega, liberado, con el nieto como si fuera un facsímil suyo. El niño, que no entiende todavía el mundo, entiende a su abuelo cuando le gasta bromas. Mi padre me pone a veces la mano en el hombro, y me mira como si ya me lo hubiera dicho todo, aunque se esté guardando entre dientes esa frase
que sabe que no dirá en nuestro provecho; a cada hijo se le quiere de forma diferente: mi padre me quiere porque tengo lo que él tenía, decisión, rebeldía y falta de orientación monstruosa. Le apena que me haya marchado, pero no soltará ni un reproche. Cuando muera me faltará más que un padre.
A veces en el campo le miro: ahí sí es feliz, quiere jubilarse,
pero sabe que cuando venga al campo empezará el declive.
No se lleva mal con nadie, y le vendería una estufa al demonio;
jamás se le ha escapado una mentira y le he visto llorar muy pocas veces.
Como digo, pienso a veces en su muerte:
mi padre morirá en una mala hora,
no lo va a hacer solo aunque no le importe,
y no tendrá una mala palabra para sus enemigos.
Entonces, yo seré de los tres el menos huérfano
porque ya me ha dejado en vida toda la herencia. Y si ahora estoy de titiritero de un sitio a otro y no le gusta
se siente orgulloso cuando me mira. Descubría hace poco
que yo estoy viviendo las aventuras que a él le faltaron.