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Mr. Shroud consultaba su reloj de cadena en el portal de su otra casa. Aunque era contable, mantenía en secreto aquella vivienda porque la dedicaba a una pasión que consideraba vergonzosa: pintar. Aquella tarde acabaría el paisaje de un bosque donde el suelo estaría cubierto de hojas de almanaque. Murió la noche siguiente. Al descubrir la existencia del piso y de ese último cuadro, su viuda comprobó consternada que en una de las hojas estaban pintados todos los números del mes menos el del día de su muerte. Carla Groin planeó durante meses su suicidio. Considerando su vida mediocre, de ocho de la mañana a una de la tarde y de una y media de la tarde a ocho de la noche, duración su jornada laboral en la fábrica de piezas de automóviles, las dedicaba a imaginar todos y cada uno de los detalles: el horno gas abierto, la liberación del chorro invadiendo el aire, la hora en que la casa de huéspedes estaba vacía, los paños en la rendija de la puerta, la carta en blanco porque no tenía de quién despedirse y las palabras exactas que nunca escribiría en ella. La mañana que decidió que lo haría al llegar a la casa, su compañera en la cadena de montaje levantó por primera vez la mirada, fijó sus ojos en los de Carla y sonrió. Volvió al trabajo y Carla no pensó nunca más en el suicidio. A la modelo empezaban a dormírsele las piernas tras tres cuartos de hora posando. No le importaba permanecer desnuda, ni exponerse a las miradas del artista y sus amigos. La inmovilidad le era insoportable. Necesitaba el dinero de esos posados de fin de semana, y sólo podía distraerse mirando por la ventana; con el frío ya no la abrían tan a menudo, y ni siquiera tenía ese consuelo. Empezaba a pensar seriamente en el suicidio. El contable Shroud admiraba las pinceladas rápidas y suaves de su amigo sobre el lienzo. A pesar de que pagaba a una modelo, los cuadros jamás se parecían a ella. Decidió pintar el patio ocre que se veía desde la casa que heredó de sus padres "Un patio no me va a cobrar por posar", pensó. Pasado un mes de su desaparición, los criados se atrevieron a abrir los cajones de Ms. Tickle. Encontraron una carta de despedida, pero ni los nombres, ni la letra, ni lo que se decía en ella tenía nada que ver con Ms. Tickle. Se despidieron de la casa, y un mes después, a uno de ellos le pareció verla en el cartel de una escuela de samba, en tournée por su ciudad. Los colores del cartel desentonaban tanto con el ladrillo de las casas, que tuvo que apartar la vista en seguida. Es el reino del otoño. Lo ha mentido el Mentiroso. 4.11.04
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