Me contaron la historia de un soldado que tenía alojados restos de metralla en el estómago (no recuerdo si era italiano o suizo; la verosimilitud de la historia pide que sea italiano, pero precisamente la trama cobraría interés si fuera suizo: para no honrar la mala memoria, diremos que era de un cantón italiano); después de haber sido herido y curado en un hospital enemigo, es confundido con un soldado del ejército contra el que peleaba y puesto en libertad. Desde entonces, deambula como natural entre extranjeros, y siente la tentación de olvidar su patria original para adoptar las costumbres bárbaras, pero cuando eso ocurre, la metralla se enrojece y le abrasa si su cuerpo está frío, y se enfría hasta un dolor insoportable si su cuerpo está caliente.
La literatura debería hacernos sentir siempre eso: que somos extranjeros de todo país y de todas las letras, que la única cosa que podemos reconocer verdaderamente como propio son esas lecturas que nos queman cuando más fríos estamos.
Lo ha mentido el Mentiroso. 11.2.05