Es fácil: tras el llanto sólo hay que echarse a andar, sin demasiada prisa y con las justas vacilaciones, hasta que el camino (o la pared que mantenemos a un lado y que fingimos camino) tuerce en ángulo agudo. Se tuerce ese ángulo, se apresura el paso porque ya se intuye que no conviene quedarse rezagado, porque el camino es corto tal vez, por algo que sólo tiene nombre pero no forma, hasta que ese camino (o esa pared lisa que ya no confundimos) traza un ángulo exacto al anterior, cabe detenerse, pensar antes si merece la pena seguir andando, pensar quién nos mintió con promesas de tiempo circular, de esferas sin centro aparente, pensar si no tiene la muerte forma de triángulo.