Camina con los pies descalzos, la tierra es lechosa en esta parte del camino, blanda, clara, poco más que barro. Tiene la piel muy blanca y le duele la espalda al caminar, no sabe dónde detenerse, no sabe si debería detenerse, no sabe si esperar a que acabe el crepúsculo y salgan las estrellas.
Mira a ambos lados: los ojos buscan con avidez una señal y, entretanto, sigue andando. Cada vez pisa menos y desliza más los pies, va a empezar a hacer frío y se frota los brazos. Abre mucho los ojos cuando llega al claro del que salió, y se da cuenta de que ha dado una enorme vuelta en círculo. Los abre aún más cuando me encuentra al borde del claro, a punto de llegar. Decidimos no dormir esa noche, y coger el mismo camino.
Lo ha mentido el Mentiroso. 3.5.05