Un cuaderno sin abrir es una promesa. Promesa de encontrar en él algo escrito, algo escrito sólo para ti, o de poder escribir por primera vez, dejar algo, dejar algo sólo para alguien en concreto. Hasta las imaginaciones más torpes son capaces de la maravilla, sólo necesitan una mínima chispa para echar a andar y producir cosas asombrosas.
La figura de piedra sólo puede ser contemplada de perfil, para verla de frente, los dos ojos terribles y la boca torcida en un gesto cruel, deberíamos caminar sobre el abismo frente al que está puesta, ser uno de esos pájaros, pero ya de perfil es lo suficientemente imponente como para no percibir el precipicio, estar a punto de perder pie, dejarnos hechizar por su magia, poner en sus esquinas manos imaginarias que la tallan, de espaldas sólo es un león, un triste león echado con dos alas que parecen a punto de moverse, de impulsarle al vacío, de permitirnos ver el esplendor de la piedra en el aire.
La esquina de las palabras
Nos encontraremos en el lugar de siempre. Tú trae tus manos limpias de sirena. Yo pongo los besos.
Resulta curioso que una ausencia de voz no aumente una ausencia física, sino que haga predominar una presencia.
Es como meter una mano a través del pecho y con la punta del dedo índice rozar apenas el corazón. Estremecerse.
Lo ha mentido el Mentiroso. 5.6.05