El juego era entrar en un laberinto, el juego era vendarse los ojos, el juego era reír a intervalos, para reconocer la risa del resto de jugadores y guiarse por ella, el juego era fácil, el juego era difícil, el juego era solitario, el juego era la vida.
No existen los paraísos perdidos; en el mismo momento en que accedemos al edén empieza a dejar de serlo, a convertirse en lo que nosotros mismos somos o en lo que creemos ser. Somos bestias voraces de ojos vendados en el laberinto. Todo está en tirar los dados con habilidad.
Lo ha mentido el Mentiroso. 9.6.05