La felicidad es generalmente un sentimiento gemelar. Somos felices con, o somos felices para, o somos felices porque algo o porque alguien. Del variado catálogo de sensaciones, es la más fácil de compartir y la más difícil de mantener estable. La melancolía o la tristeza nos conecta mejor con lo que íntimamente somos, la alegría nos convierte en esa persona que a veces vemos como un otro y con la que nos gusta estar. La felicidad es un sentimiento gemelar, y cada uno es vecino de sí mismo.
La soledad, por contra, tiene gestos mecánicos: recoger el café que sobra con el filo de la mano, acariciar una ausencia en la cama, anotarse los recados en tercera persona y colgarlos en el corcho. Yo te digo si tú me dices que te diga. Yo digo si tu dices que yo digo. Digo que dices que digo. Escribir minuciosamente todas las letras de todas las palabras. Repasar una y otra vez los trazos de un par de nombres.
La felicidad, la corta felicidad unas horas al día, alegra y baila y nos parece muy pesada hasta que nos agarra el sueño. No se elige ni se gana, y si me apuras ni si quiera se encuentra. Está en esa fotografía que no existe pero queda fija en la cabeza. Está en ese olor cálido con las cabezas cubiertas. Está siempre en otra mirada y en la dirección de otra mirada.
La soledad tiene liturgias curiosas: un dormir lejos de la pared para que nos molesten, un hacer girar el teléfono con aspiraciones de médium, un repasar uno a uno los defectos y virtudes. Un cuándo, un ahora, un dónde.
Lo ha mentido el Mentiroso. 30.9.05