Será que me dura el estado febril, que la lluvia ha limpiado el aire todos los días que he estado en cama, o vaya usted a saber qué, pero cuando he puesto un pie en la calle (¡la calle! ¡bendito momento de huida!) he sentido cierto vértigo a tanto espacio abierto, un mareo de novedad al encontrarme todas las cosas comunes como si fueran nuevas. Y he seguido andando y andando hasta acostumbrarme, hasta alejarme lo más posible de la cama -que no sé si aborrezco por haber estado obligado a guardarla, o porque todas las veces al girarme seguías sin estar tú ahí.-
El caso es que, en la alucinación de la fiebre, podía rastrear un sabor a saliva familiar, un olor de piel cálido cercano, unos ojos cerrados que repasar con los pulgares, un suspiro sin más en el duermevela.
Bendita sea la fiebre acompañada.
Lo ha mentido el Mentiroso. 28.2.06