Cuando vivíamos en Reinosa, íbamos a pasar los fines de semana a Valladolid. Durante el viaje de vuelta mi madre se agobiaba conduciendo entre tantas montañas, casi sin ver el cielo y acercándose al mar, y creía que yo también me agobiaba. Íbamos las dos solas, era pleno invierno y hacía mucho frío. Mediado el camino, mi madre paraba el coche y me hacía bajar en pleno páramo. Yo no tenía más de cinco o seis años, y casi no podía moverme, embutida en abrigos, bufanda, botas y gorro desde el cuello hasta los tobillos.
Andábamos un poco por el llano dejando atrás el coche, y cuando mi madre creía que habíamos avanzado lo suficiente, me soltaba la mano y me decía:
- Grita, hija.
A mí me daba vergüenza y no lo entendía, pero la veía a ella abrir los brazos y gritar a la llanura inmensa del páramo, y yo gritaba, yo gritaba todo lo alto que podía, me llenaba los pulmones de aire helado, limpio, nuevo, y gritaba como si me fuera la vida en ello, como si mi voz pudiese llegar al otro lado del páramo, como si con mi grito fuese a salvar la vida de alguien al otro lado de la llanura.
Lo ha mentido el Mentiroso. 8.4.06