Tuve la suerte y el albur de conocer al pintor Antonio López (siempre hay que poner "el pintor" delante, porque Antonios López García los hay a patadas). Le ofrecimos dar una charla en nuestra universidad cuando todavía éramos estudiantes, y en principio no se mostró partidario, pero no porque fuésemos unos simples estudiantes, o porque le pagásemos poco (no preguntó por el dinero, no miró al firmar el cobro del cheque), sino porque no se consideraba preparado para hablar ante el público en general. El maestro del hiperrealismo.
Le convencimos proponiéndole un coloquio, y se vino para acá "Esta tierra trae buenos recuerdos. Mi luna de miel, fíjate, la hicimos a Guardamar del Segura. Ahí fue donde pinté por primera vez el mar". Lo más interesante no fue el coloquio en sí, sino el recibimiento, las mesas y sobremesas y la despedida. Es una de las personas más sencillas -frente al ego del creador- y que sin embargo irradia una fuerza, una tormenta interior más grandes que he visto nunca. Me guardo el resto del anecdotario. Este prólogo tan largo es para felicitarle, felicitarnos y felicitarme de que le hayan concedido el Velázquez esta tarde. Bravo y viva.