A través del revoque y de los ladrillos me dio la impresión de que la chica lloraba. Tal vez me equivoqué: se quedó frente a la puerta pasándose los dedos por la cara para componer sus facciones. Existen algunas cosas que podemos enderezar con un gesto. Los domingos no, y es de los domingos de lo que se trata cuando, después del almuerzo, las horas se arrastran sin fin, las agujas no cambian en la esfera del reloj, ninguna llamada telefónica nos salva de nosotros mismos y ahí nos quedamos, en la sala, preguntando por qué. ¿Por qué qué? No lo sabemos. Sólo preguntando por qué.