Sé que no me van a creer. A veces se nos ponen delante señales que no sabemos ver, y otras son tan evidentes que lo difícil es evitarlas.
El hecho es banal y sólo suma una más a la cadena de casualidades que, sin duda, mueven el mundo; estoy limpiando la biblioteca, guardando libros y reubicando otros: me falta sitio y estanterías, y en uno de los anaqueles tengo -Ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica*- libros que no he podido leer porque me han cansado, porque me han aburrido o porque no eran para mí. Hace tres días puse juntos Cuentos reciclados y Que veinte años no es nada; el primero lo intenté leer varias veces, pero me resultó tedioso, el segundo es una edición de bolsillo que empecé a leer una sola vez, durante un viaje, y abandoné al llegar a casa porque no me había atrapado. Como digo, ambos libros descansaban por azar juntos en la estantería.
Anoche, sus autores respectivos, Álvaro Pombo y Marta Rivera de la Cruz fueron ganador y finalista del premio Planeta; a veces se nos ponen delante señales que no sabemos ver, y otras son tan evidentes que lo difícil es evitarlas. Quizá la coincidencia quiera decirme que en esos libros hay algo para mí, algo que he de descubrir ahora y no cuando los compré. He dejado el Pombo en la estantería, listo para ser regalado, y he devuelto el de Marta Rivera de la Cruz a la estantería noble. Quizá haya acertado.
Lo ha mentido el Mentiroso. 16.10.06