Hilda está bailando sobre la mesa con los ojos vendados. No sabe que los hombres que la han obligado yacen dormidos o muertos sobre sus sillones, víctimas del alcohol o del veneno. Como no oye nada, no sabe cuándo debe parar. No se atreve a parar. No quiere parar.
El teléfono móvil suena insistentemente. A. lo mira brillar sin poder cogerlo desde el fondo del lago, dentro del coche.
Para cuando dio con la respuesta correcta, el rabino Detzler de la secta de los Impacientes se había quedado solo en la sinagoga.
Antes de desmayarse, M. tuvo tiempo de ver sus encías derritiéndose sobre el vaso. Rojo.
De pronto aquella tarde, Joachim B. lo comprendió todo. Primero se le dibujó una sonrisa en la boca, poco a poco no pudo evitar que ésta se le abriera en una mueca que dejaba a la vista sus dientes podridos para acabar en una carcajada de origen animal que todavía resuena en mis oídos.
Lo ha mentido el Mentiroso. 18.6.07