No sé si es de plena felicidad o de ruina, algo me aleja del papel (por extensión, también de la pantalla). Ahora sólo leo, con avidez, con sed de siglos. Es extraño, porque cambié de ocupación, y ahora me dedico a hacer historias, a escribir lo que otros van a decir, y pareciera que tendría que necesitar menos leer otras historias y más buscar las mías propias.
Puede que no tenga dentro tantas historias, y haya estado equivocado todo este tiempo. O puede que las historias que se tengan que contar sean las de los otros. O puede incluso que se tenga que contar sea todo lo que llevan los otros y que uno puede relacionar íntimamente. La cuestión verdadera es si se deben contar historias, si hace falta contar las cosas, si eso ayuda o enturbia más la realidad. No estoy seguro.
Si parcelo la realidad, se vuelve más nítida, pero no mejor.
Últimamente intento hurgar entre las palabras, escarbando como una animal la tierra, para sacar todo lo que sobre, para quedarme únicamente con lo necesario (no es necesario contar nada), pero no sé si es por plena felicidad o por ruina, no sé si quiero o tengo que hacerlo, no sé si debería hacerlo o quedarme callado, más callado, tan callado que no haga ruido ni al respirar.
Quizá debería contar otras cosas o, al menos, no hablar de la felicidad y la ruina.
Lo ha mentido el Mentiroso. 12.2.08